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Destino Fractal

por , publicado el publicado el 27/12/2009 10:00:00

A menudo, cuando en alguna película o en la realidad misma vemos a una jovenzuela de clase acomodada lloriquear porque se siente desgraciada al no poder conseguir algún objeto de deseo (es decir, un capricho) nos indignamos y desearíamos que comprendiera que su infelicidad sería auténtica si, por ejemplo, no tuviera qué comer. En esa misma reflexión, es posible que también recapacitemos sobre nuestros propios momentos de frustración, y también hallemos que siempre podremos encontrar una desgracia mayor por lo que finalmente jamás tendremos motivos de peso para sentirnos desgraciados. Reiterando este razonamiento, llegaríamos a la conclusión de que casi nadie tiene derecho a quejarse, lo cual sería una reducción al absurdo a mi modo de ver. El pesar que pudiera sentir la chica que se lamenta porque no podrá ir a esquiar a Canadá es humanamente comprensible, del mismo modo que el llanto del que no tiene con qué pagar el alquiler. Obviamente se pueden establecer todos los niveles de gravedad que se deseen, pero no se puede minusvalorar un estado de ánimo.

Sirva esta especie de paradoja para ilustrar cómo muchos aspectos de nuestra existencia exhiben una de las características fundamentales de los objetos fractales: la autosimilaridad, esto es, aquella cualidad que hace que el todo se asemeje a las partes. Geométricamente se puede ver en el gráfico de la famosa curva de Koch:

geometría que se puede hallar en la naturaleza, a diferentes escalas.

De igual modo, es posible identificar esta autosimilaridad en aspectos más cotidianos, a saber:
  • Las organizaciones humanas: donde, por ejemplo, la proporción entre líderes/seguidores es similar sin importar la escala de la población a estudio, o la proporción de gente que se siente desdichada es similar independientemente del nivel social, etc. También se puede tomar una muestra de población de tamaño aleatorio y distribuirlas según sus ingresos. La desigualdad será aproximadamente la que marca la Ley de Pareto, según hizo ver Nicholas Nassim Taleb en su libro "El Cisne Negro"
  • La ocupación del tiempo: las personas tenemos tendencia a llenar nuestras horas disponibles de tal modo que siempre tenemos la sensación de no tener tiempo para nada, y sentirnos agobiados. Esto es cierto para cualquier nivel de ocupación. Así, el directivo que vive al ritmo que le marca su caliente Blackberry se sorprende de escuchar la conversación de una joven funcionaria de correos (que trabaja a media jornada) lamentándose de que no tiene tiempo para nada. Esto no debería -en principio- ser motivo de burla, puesto que siempre podremos encontrar alguien en una escala superior a la nuestra, al igual que siempre podremos encontrar a alguien en una escala inferior, y ambos tienen el derecho o necesidad humana de lamentarse
Lo más complicado del asunto es que es difícil establecer límites, fronteras... jerarquizar en niveles discretos esta fractalidad para poder decir que estamos en el nivel X y que poder posicionarnos dentro de él. Es mejor abandonar esta necesidad tan occidental de quererlo etiquetar todo y aprender a vivir en el continuo de la realidad autosimilar.

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