INTERESES ELECTORALES Y EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
por Antonio Román Sánchez, publicado el
Al grito de la opinión gobierna el mundo, los pensadores Ilustrados se lanzaron a la tarea de racionalizarlo, desencantádolo de elementos míticos, superchería y explicaciones mágicas. El programa era la búsqueda de la verdad científica, ilustrarla y hacer un uso público de la información para avanzar en el progreso moral de la sociedad. Eran tiempos en los que proliferaban revistas en las que se publicaban los resultados de las investigaciones y se fomentaban las Sociedades Científicas. Kant lo sintetizó en su máxima sapere aude ―atrévete a saber―, que era una invitación para que el hombre asumiera su mayoría de edad y osara madurar aún a riesgo de darse batacazos una vez que las muletas de la irracionalidad nos descubrieran un mundo infinitamente más complejo y variado. Voltaire actuó de profeta y llegó a percatarse de que al final de su vida, dejaba al mundo tan necio como se lo había encontrado, pese a sus esfuerzos vitales por ilustrarnos. Cada vez que finaliza un proceso electoral, saltan en los medios de comunicación noticias y debates ocultados a los ciudadanos al grito de interés electoral. Es decir, una vuelta a la minoría de edad, al pensamiento Alicia como define Gustavo Bueno a este buenismo reinante. La estrategia es sibilina y astuta: el votante recibe pólvora, artificio, promesas y discursos con grandes dosis de insultos hacia los oponentes. El posible cierre de una central nuclear; la noticia de que un Ayuntamiento en Andalucía (España) se ha declarado en suspensión de pagos; las cifras reales, no maquilladas del paro; decisiones judiciales de gran relevancia social en espera de ser dictadas por el Tribunal Constitucional; emisión de partidos de fútbol por el sistema “pay per view” y un largo etcétera, se posponen. Cuando finaliza el escrutinio es el momento de anunciar la subida del tabaco, el recibo de la luz y los carburantes. Esa es en esencia la filosofía de la Educación para la Ciudadanía: educar personas dóciles, sin capacidad crítica y que perciba que sus problemas han de resolverlos los políticos que nos llenan de sueños. Nada de formar hombres libres, es decir con autonomía en sus análisis, sino educar para consolidar la patanería. Una vez consolidado el paradigma, el mundo de la política se ha convertido en una fuerza centrífuga que elimina del escenario a la excelencia, y su fuerza centrípeta atrae con mayor fuerza a personajes advenizos sin preparación ni cualificación del gusto de los patanes. En los tiempos de la Transición y primeros años de democracia en España, las ansias de libertad arrastraron a personas altamente formadas y altruistas para formar parte de la composición de listas electorales en los partidos. Corren tiempos de ausencia de brillantez, el panorama es vomitivo, y como bien nos enseñó Aranguren, pensador icono de aquellos años, donde no hay estética, no puede haber ética. ¿Tenemos lo que nos merecemos?, o ¿merecemos lo que tenemos? Pregunta retórica que nos conduce a un círculo vicioso. La idea de progreso ilustrada no era esto. Ortega repitiría hoy esas mismas palabras. Hemos identificado el progreso con el positivismo jurídico –el derecho que se aplica en los tribunales–, al grito de todo lo que es electoralmente rentable, es éticamente deseable y jurídicamente posible. Es decir, el progreso es convertir en normas de aplicación mis intereses electorales. Hay una desvirtuación ontológica del término tal y como lo concibieron quienes impulsaron su desarrollo. Tal vez sería más correcto emplear el término oportunista en lugar del de progresista. Y es que como afirmaba Nietzsche: Hay almas esclavizadas que agradecen tanto los favores recibidos que se estrangulan con la cuerda de la gratitud. A fin de cuentas, el círculo vicioso retórico mencionado sobre si tenemos lo que nos merecemos, no deja de resultar una tragedia. Parafraseando a Hegel afirmaremos que las verdaderas tragedias no resultan del enfrentamiento entre un derecho y una injusticia, sino del choque entre dos derechos. Y los dos derechos prima facie enfrentados son los de ciudadanos libres que anhelan ser mayores de edad, frente a unos políticos que han decidido que permanezcamos en minoría de edad.
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