Laicismo hipócrita
por Antonio Román Sánchez, publicado el
Con mucha frecuencia, los medios de comunicación desarrollan conceptos que calan en la opinión pública y que generan ideas equivocadas carentes de rigor. Por ejemplo, cuando una persona es puesta a disposición judicial y se decreta su libertad provisional, leemos en las informaciones pertinentes que el imputado en cuestión salió en libertad condicional, figura jurídica radicalmente distinta. Uno de los debates actuales en primer plano es el que pretende reducir las religiones al ámbito estrictamente privado. Y para ello se utiliza el término de Estado laico. Conviene con carácter previo, establecer las distinciones oportunas. Un Estado laico es el que ignora deliberadamente las creencias religiosas de sus ciudadanos y actúa sin tenerlas en cuenta, por ejemplo Francia. Un Estado confesional es el que declara su vínculo con una religión tradicional: en el Reino Unido la reina es erigida en cabeza de la Iglesia anglicana. Un Estado aconfesional como España, es el que no se declara oficialmente seguidor de ningún credo religioso pero que garantiza y mantiene las relaciones oportunas con las distintas confesiones (véase el artículo 16-punto 3 de la Constitución) Y si acudimos a nuestra historia, encontramos dos períodos recientes que nos ilustran: en la Segunda República se instauró un Estado laico en el que se prohibió a los religiosos ejercer la enseñanza y se expulsaron a los jesuitas; con el franquismo el estado volvió a ser confesional bajo la denominación de nacional catolicismo. Sor Maravillas se ha quedado sin su placa conmemorativa en el Congreso aduciéndose argumentos laicistas de la misma manera que un juzgado de Valladolid ha dictaminado la retirada de los crucifijos en un colegio de la localidad basándose en la “laicidad y neutralidad del Estado” argumentando igualmente, que “la enseñanza influye decisivamente en el futuro comportamiento de los jóvenes respecto de creencias e inclinaciones”. Al margen de estas decisiones, en nuestros pueblos y ciudades vemos a los ediles y alcaldes, participar en las romerías en honor a su patrón; en la Semana Santa desfilan las autoridades civiles, y los funerales de Estado los ofician las más altas jerarquías eclesiásticas. No me imagino a ningún presidente de la Junta de Andalucía prohibiendo sacar a La Macarena en la madrugá o la peregrinación a Nuestra Señora del Rocío. También dudo que ningún delegado del gobierno se atreviese a no permitir la romería a la Santa Faz de Alicante, porque produce el corte de la carretera nacional desviando todo el tráfico rodado. ¿Acaso no conllevan este tipo de actos la exhibición de símbolos religiosos? Tal vez el único argumento que permite esta doble vara de medir (más allá del coraje político que habría que tener) sea el de afirmar que se trata de tradiciones y ritos populares ajenos al verdadero sentimiento religioso, o lo que es lo mismo, reducirlas a mero folklore. Pero cualquier manifestación pública, ¿acaso no deja de ser privada? Caemos en un círculo vicioso, que se resuelve por mero pragmatismo. Se promociona el Camino de Santiago; se permiten los centros con crucifijos e iconografía mariana de organizaciones ligadas a la Iglesia porque prestan servicios públicos en materia de educación, sanidad, alojamiento y manutención de las clases más desfavorecidas económicamente, y en los circuitos turísticos se incluyen las visitas a las Catedrales y templos. ¿Se imagina alguien que las Cortes de Cádiz pudieran tener la capacidad de atraer a las masas por devoción a la Constitución de 1812? ¿O que ciudades como León, Burgos o Toledo fueran visitadas sin recorrer sus catedrales? ¿Qué opinaría el sector hostelero zamorano o el conquense si en nombre del laicismo no se pudiese celebrar la Semana Santa? Tampoco creo que ningún ministro de Economía, dictase normas a la banca, para destruir las divisas de dólares porque llevan impreso el lema In God we trust. Debate estéril para un país cainita como España, agravado por la confusión del concepto laicista. La mera aceptación de rituales públicos conlleva la endoculturación religiosa que al mismo tiempo se pretende perseguir.
Cean, de :
De acuerdo contigo Antonio. Tan solo añado un matiz: el uso inadecuado del laicismo por parte del estado lo convertiría en ignorar deliberadamente las creencias religiosas de sus ciudadanos como comentas, pero no es ese el significado original. Es como un cuchillo que puede cortar pan pero hay quien lo usa para matar. ¿Hipocresía?, claro. ¿Cuantos ateos, agnósticos, o no cristianos trabajan en Viernes Santo?. Cada cual actúa según le conviene, así nos va a todos en esta suciedad (sí, suciedad, no me he equivocado). Habría que buscar una integración de las creencias religiosas y el estado, pero no financiarlas de la forma que se hace actualmente con la Iglesia. Ya sé que desde ésta se argumenta que realizan una labor social atendiendo a población marginada pero, eso sí, a cambio de evangelizarlos (ganar adeptos) no por altruismo. El respeto a las creencias, sean cuales fueren, es la solución. Es bonito tratar con personas de diferentes religiones, ateas, agnósticas, etc. pues ofrecen diferentes perspectivas de la realidad. ¡Más ver lo que nos une y menos lo que nos separa! Saludos
er, de er:
werwer
Ignacio Lirio, de Cerdanyola:
Un tema controvertido. La idea del Estado laico, en mi opinión, es que la administración pública representa a todos los ciudadanos independientemente de sus creencias o no creencias religiosas y por lo tanto no ha de tomar partido por ninguna religión en particular. Si a partir de ahí se dictan leyes y normas detalladas sobre el uso o no uso oficial de símbolos religiosos, no debería haber ningún conflicto. En cuanto a las procesiones y demás festejos, el interés comercial subyacente es siempre el que manda...
antonio roman, de alicante:
Gracias Ignacio y Cecilio. En un país laico por ejmeplo, no hay fiestas oficiales religiosas, como en España, el día de la Inmaculada. El tema es complejo, lo que pretendo afirmar en síntesis es que las personas quedamos afectadas por un marco de valores. Y en países de rica tradición religiosa,por mucho que queramos, no se puede desligar la tradición. Por ejemplo la Semana Santa sería inconcebible sin esos días de puente que permite hacer turismo, o lo que es lo mismo, estamos aceptando las reglas de juego de la tradición. Otro tanto podríamos hablar de la Navidad. Reparemos que fiestas como el Corpus han perdido su imbricación social al declararse día de curro ese jueves. ¿Por qué esa fiesta por ejemplo pudo eliminarse del calendario laboral? Por la sencilla razón de que salvoToledo y alguna ciudad, no tenían el tirón popular sufiente. Quitaremos el crucifijo del aula, pero nuestros hijos seguirán teniendo regalos en Reyes y mantendrán la ilusión de hacer laprimera comunión que es un rito de paso a la adolescencia.
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