La natural competencia
por Eliseo Sebastopoulos, publicado el
Hoy he paseado por un centro comercial y he entrado a un establecimiento de productos de cosmética naturales. Más tarde en el supermercado he curioseado un vaso de yogur ecológico, hecho solamente con ingredientes naturales. Horas más tarde, y una vez sentado en mi sofá, he podido ver cómo la calidad de las producciones televisivas se degrada sin previsión de tocar fondo, debido a la natural competencia entre las cadenas. El uso o abuso del término natural induce sin duda a la confusión. Desde el márketing de algunos sectores de la industria alimenticia se intenta que el ciudadano asuma natural con bueno y saludable. A menudo he podido escuchar en boca de bastante gente frases de sabiduría popular del tipo: «Tómate esto, no hace daño, ¡si es natural!». Así es. Tan natural como el veneno de un escorpión, los terremotos, los impactos de meteoritos o como el Uranio radiactivo. Lo natural no es inherentemente bueno ni malo, solo es éso, natural. Durante siglos de civilización la humanidad se ha esmerado en construir un mundo mixto, donde la naturaleza ha coexistido con una artificialidad que ha surgido en muchos casos para liberar al hombre de una naturalidad que le hubiera destrozado. Lo natural es devorarse los unos a los otros, competir de forma salvaje por la supervivencia de una especie sobre el resto, que los individuos discapacitados se extingan sin oportunidad de reproducirse. El ser humano ha creado objetos artificiales para llevar la contraria a la apisonadora de la naturalidad. Desde presas para asegurarse el suministro de agua hasta un derecho para garantizar la supervivencia de los que, de otro modo, serían devorados sin piedad. ¿Deberíamos entonces irnos al otro polo y asumir que lo bueno es lo artificial? Obviamente sería una torpeza. La mayoría de los incendios forestales que en la actualidad arrasan bosques son provocados de forma artificial por la mano humana. Muchos métodos de combatir plagas empleando química artificial han resultado tener efectos más nocivos en la salud colectiva que el mal que pretendían remediar. Una vez más llegamos a la misma conclusión: lo artificial no es bueno ni malo, es simplemente artificialidad. A modo de inciso, quisiera aclarar que en este contexto "bueno" y "malo" no son adjetivos adscritos a ninguna moral en particular, si no algo tan simple como "beneficioso para la mayoría" o "perjudicial para la mayoría". Si nos abandonáramos en manos de la naturalidad, acabaríamos siendo presa de sus vicios, o sea de la voracidad y la competencia salvaje por prevalecer. Si por el contrario nos refugiáramos en un bosque de artificialidad, éste acabaría desmoronándose sobre sí mismo debido a su propia fragilidad frente a la inercia de "lo natural". Parece ser que, una vez más, la bondad está en una artificialidad necesaria que apuntale espacios de comodidad dentro del mainstream natural, con sus valores ancestrales adaptados de forma sostenible en nuestro beneficio. No es un equilibrio fácil. ¿Competitividad o Solidaridad? ¿Voracidad o Moderación? ¿Repartos equitativos o Redes sin escala? Piense en estas cuestiones, querida lectora. Con toda naturalidad :-)
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