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Yoga Ibérico

por Antonio Román Sánchez, publicado el

¿Es posible conciliar trabajo y familia? En España, comemos sobre las 15 h, regresamos del trabajo en torno a las 8 de la tarde, y cenamos aproximadamente a las 22:30. Acostumbramos a acostarnos pasada la medianoche, y cuando salimos a divertirnos y tomar una copa, terminamos a las seis de la mañana con un chocolatito con churros. Con esta forma tan peculiar de estructurar la jornada, la siesta se impone y la hora de regreso a casa se retrasa. Es difícil determinar si nuestro yoga ibérico obedece a condiciones climáticas o a nuestra idiosincrasia, pero en nuestra memoria colectiva más reciente está el fenómeno del pluriempleo que para una generación entera fue la forma de sacar adelante a la familia, con una jornada que comenzaba temprano por la mañana y finalizaba casi de noche, tras pegar una cabezadita reparadora que permitía seguir con la ocupación de la tarde. Los tiempos han cambiado, las mujeres se han integrado masivamente al mercado laboral, y el crecimiento de las ciudades y el precio de la vivienda, ha desplazado a familias, parejas y jóvenes en general, a las afueras de las ciudades, por lo que la mayoría no dispone de tiempo para volver a casa a comer y descansar a mediodía. ¿No sería acertado pues hacer una pausa en el trabajo más corta para volver antes a casa? Los colegios cierran a las 17 horas cuando no imponen jornada continua, y son los abuelos en muchos casos los que tienen que hacerse cargo de ellos. Alargar la hora de salida del trabajo, produce fatiga y merma el rendimiento y la productividad de cualquier persona. De manera, que nuestra forma peculiar, ibérica, de estructurar la jornada incide en la poca dedicación que podemos dar a hijos, pareja y amistades, y por otra parte nos hace trabajar de manera ineficiente. Este debate está en la calle, pero requiere reformas que afecten al resto de los servicios por igual, y de una manera especial a guarderías y colegios. Pero con mucho, el punto de mira estaría en la siesta, puesto que nuestras costumbres se basan en acostarnos tarde, trabajar hasta bien tarde, comer tarde y divertirnos hasta bien tarde. La siesta nos hace diferentes. No se pretende cuestionar sus bondades, ni de dejar de evocar esas siestas con pijama y orinal que tanto defendía Camilo José Cela, pero lo cierto es que condiciona de tal manera nuestra jornada, que las personas que no puedan disfrutar de ella, terminan durmiendo una media de cuarenta minutos menos que el resto de los europeos. En países como Francia, Inglaterra o Alemania, la costumbre es retirarse a dormir en torno a las 22-23 horas, pensemos en la actividad que se da a esas horas por nuestras calles y la cantidad de bares y restaurantes que permanecen abiertos. Y es que no hay duda alguna de que seguimos siendo la primera potencia mundial en aperitivo y postre, y que nuestra economía de servicios funciona gracias a nuestra forma peculiar de vida. Tal vez para el pueblo ibérico, este debate sea estéril, y reformas como las que pretende el Gobierno con el Plan Concilia que de momento sólo afecta a funcionarios, forme parte de nuestra manera de ser, tan dada a las tertulias pero sin capacidad de pasar a la acción con voluntad de cambio. ¿Acaso nuestro yoga ibérico nos encierra en el círculo de la procrastinación? Los españoles somos muy acomodaticios y aplazaremos sin fecha alguna, cualquier cambio en la organización de nuestra jornada laboral. Ese papel sólo lo puede desarrollar la mujer, puesto que ya ha protagonizado el mayor cambio social que se ha dado en la historia de España. Ellas conciben nuestros horarios de trabajo como un truco masculino para regresar tarde a casa, hacer vida social al margen de la familia y eludir compromisos en tareas domésticas. Quizá el debate para conciliar la vida en familia y el trabajo, esté en nuestros hogares, en las diferencias de roles que aún perviven entre hombre y mujer, en esas discusiones por el reparto de tareas, de reproches por llegar tarde, y de hijos que demandan más atención por nuestra parte. Fenómenos sociales como el del botellón y esa costumbre de la juventud de quedar a altas horas de la noche para permanecer de marcha hasta el amanecer, sólo son posibles durmiendo por la tarde, invirtiendo el horario de sueño y con una sociedad permisiva y tolerante. Y al final, la pregunta de siempre, ¿somos europeos? Al menos en lo que respecta a hábitos, hay que afirmar que caminamos con el paso cambiado. En los países de nuestro entorno, se termina la jornada laboral entre las 17 y 18 horas, con una pausa a mediodía de aproximadamente una hora para hacer una comida ligera. Aquí hacemos una larga pausa de dos o tres horas para hacer una comida copiosa y terminar tarde la jornada laboral. Spain is different. Tal vez nos guste seguir siendo diferentes.

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