Vida después de la muerte (IV)
por Ignacio Lirio, publicado el
En la primera entrega de la saga de artículos sobre la muerte que se han ido publicando en Society se abordaban las posibles razones que desmontan las tesis de vida después de la muerte que proponen las religiones tradicionales o mayoritarias. Si el tema de la posible existencia de esta vida más allá es tan popular, es porque es sin duda algo que nos inquieta, nos provoca ansiedad, temores -cuando no pánico- pero que en todo caso es un tema recurrente a lo largo de nuestra vida, un tema de reflexión infinito en tanto en cuanto jamás se llega a ninguna conclusión que aplaque nuestra ansiedad ante semejante problema irresoluble: el fin de nuestra existencia. En este artículo, más allá de las propuestas religiosas y en general más allá de las propuestas provinientes desde más allá de los límites de la ciencia o del simple pensamiento racional; pretendo ahondar en la cuestión más fundamental de la muerte, la que realmente nos inquieta. Si removemos toda la paja que rodea al tabú de la muerte, una vez despejada de todas las supersticiones que impiden afrontarla con claridad, nos queda la cuestión de fondo: ¿Qué es morir? Si se conoce a fondo qué es vivir, se puede llegar a comprender mejor qué es morir y por lo tanto si tiene sentido si quiera abordar el tema de una hipotética vida después de la muerte, y en caso afirmativo, sobre qué bases. No sería descabellado afirmar que lo que realmente nos inquieta de la muerte es que se trata básicamente de la pérdida permanente de la conciencia. El concepto de muerte va entonces íntimamente ligado al de conciencia, siendo éste último a día de hoy todavía algo difuso, como el concepto mismo de Vida, sin ir más lejos, asunto de ardua discusión hoy día en las tribunas de vanguardia de la biología. Nuestra conciencia (aquí que cada quien emplee la concepción de conciencia que mejor le vaya) es capaz de asimilar "muertes parciales", a saber: perdemos una extremidad por una amputación, tras un accidente quedamos paralíticos, tras una embolia perdemos la capacidad de hablar, etc. Son traumas severos pero que no llegan a impedir que sigamos siendo "nosotros", es decir, podemos seguir de alguna manera captando la realidad, interaccionar con ella con respuestas fruto de pensamientos coherentes... aún más, si nos sustrajeran de cualquier capacidad de tener "inputs" del exterior (sordos, ciegos, insensibles, etc) seguiríamos siendo nosotros, es decir, en nuestro mundo oscuro y silente podríamos generar pensamientos a partir de otros, de recuerdos, experiencias pasadas... seguiríamos "siendo nosotros", existiendo como conciencia, aún en las fronteras de lo perceptible. Es por eso que una persona en estado de coma profundo, por más que para ella el llamado mundo real haya dejado de existir, se la sigue considerando una persona con entidad y derechos. Y por más que podamos medir su nivel de actividad cerebral a nivel eléctrico, desconocemos en qué se ha convertido su mundo, es decir, en dónde vive su conciencia. Sin embargo, sin conciencia, ¿deja de haber vida?. Es un tema polémico. Seguramente a más de uno le venga a la mente casos conocidos de seres que pasan años postrados en camas o sillas. Respiran con ayuda, pueden asimilar alimentos y excretarlos con relativo éxito, en ese aspecto son seres vivos, pero se desconoce su nivel de conciencia. Es decir, no sabemos a ciencia cierta si pueden ver, escuchar, interpretar estímulos del exterior, o si aún no pudiendo, tienen pensamientos y en definitiva siguen siendo conscientes de que "existen" como individuos. Están pues en la frontera no solo moral y legal, también conceptual. Pero volviendo al tema inicial: ¿Estamos preparados psicológicamente para un evento como es la pérdida permanente de la conciencia? Si pudieramos responder de forma afirmativa a esta pregunta, quizás ya se habría hallado una solución definitiva al brete que supone afrontar la idea de la propia muerte. Y esta solución podría perfectamente ser compatible con cualquier creencia religiosa que se desee tener sobre otros mundo irreales donde se pudiera existir con algún grado de conciencia. Cada día cuando dormimos, perdemos la conciencia de forma parcial. Existe un punto a partir del cual dejamos de tener contacto con el mundo real (para cuyo efecto, es como si hubieramos muerto). Durante el sueño hay fracciones de tiempo en las cuales tenemos sueños donde somos conscientes del "yo", pero donde nuestro comportamiento varía respecto al "yo" real de la vigilia. En otras fracciones, simplemente, no existimos, las horas pasan sin que quede el más minimo recuerdo de qué fuimos durante ese espacio de tiempo. En cualquier caso, la previsible y conocida pérdida de la conciencia que sabemos ocurrirá al disponernos a dormir, no nos altera ni preocupa, a menos que tengamos alguna fobia del tipo "creo que no voy a despertar de mis pesadillas" o similar. Nuestro cerebro dispara una serie de sustancias químicas que preparan a la conciencia para su propia desaparición temporal. Por eso la entrada al sueño es difusa e incluso, placentera. Es un hecho conocido que en momentos de peligro de muerte inminente, se produce una segregación de una dosis ingente de adrenalina en el cerebro, que mitiga cualquier sensación de dolor físico o sufrimiento. Eso explica las experiencias que cuentan las personas que han tenido una experiencia próxima a la muerte (NDE, por si se deciden a buscar en internet), de que en el momento de la muerte, no sentían ningún dolor, ni pena ni desesperación, si no todo lo contrario, una profunda sensación de paz. Quizás, de forma similar, el cerebro prepara a su conciencia para el sueño definitivo, con lo cual la entrada en la NADA que representaría la muerte, la pérdida absoluta y definitiva de nuestra conciencia, de lo que somos en esencia sería una experiencia asimilada por ella misma de manera difusa e imperceptible, como la entrada al sueño. Una vez dentro, no hay más. No hay salida. La muerte es la no-vida, por lo tanto la no-conciencia, y cualquier especulación sobre una posible continuaciuón de la vida caería enseguida en todo tipo de contradicciones. En éste punto podemos saltar de nuevo al primer artículo de la saga sobre "Vida después de la Muerte" para que nuestra razón revise el sentido o viabilidad de las propuestas fantasiosas de las diferentes religiones. En resumen, la pérdida definitiva de la conciencia no es algo que nos debiera inquietar en cuanto a una amenaza a nuestra propia integridad física, del mismo modo que no nos inquiera el sueño de cada noche. A partir de ahí, cualquier inquietud sobre la persistencia de la huella de nuestro paso por el mundo consciente queda ya a la elección de las posibles soluciones que ofrece el mercado, a saber: escribir un libro, tener hijos, plantar árboles...
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