Tierras de Nadie
por Alicia Martín, publicado el
Anoche, mientras tecleaba unas líneas de lo más prosaico, pude ver en directo por primera vez como el reloj del ordenador pasaba de las 01:59 a las 03:00. ¡Jo! ¡Qué listo es mi niño! pensé. Sabía que hoy tocaba saltarse una hora y lo hizo, y se quedó tan fresco. A partir de ese momento pensé que el instante de tiempo entre las 02:00 y las 02:59 nunca habrá existido. No podría levantarme al día siguiente, llamar por teléfono a las amigas para decirles que anoche ligué con un tipo estupendo a las 02:34 de la madrugada en la discoteca tal. Nadie podrá reclamar que nació el 26 de Marzo de 2006 a las 02:15 horas. Simplemente, esa parcela de tiempo no llego a existir jamás. Imaginemos que se pudiera hacer lo mismo con otras cosas además del tiempo. Con el espacio, mismamente. Ir conduciendo en dirección al norte, y al llegar a la frontera con Francia, ver un cartel que ponga "Bienvenidos a Bélgica". On una porción de calle que no exista (aunque ahora que lo pienso, eso en Madrid es cada vez más habitual). O una canción... escuchar el "un, dos, tres... ¡catorce!" de Vértigo y a continuación el "yeh, yeh, yeh...". Son como tierras de Nadie. Regiones del tiempo, del espacio, que no existen oficialmente. Rasgaduras impuestas a la continuidad de forma impune. No sé porqué, ahora mismo me vino a la mente Guantánamo. Una cárcel que existe pero que no existe. Los presos que ahí malviven están entre las 02:00 y las 02:59 de la legalidad. Creo que deberían licenciarnos a todas y cada una de nosotras para poder hacer lo mismo a nuestro antojo. Poder poner en el currículum que pasamos del bachillerato a un empleo de alta cualificación, pasar de gozar de un embarazo plácido a disfrutar de un hijo ya suficientemente crecido para que no llore por las noches...y dejar lo más duro en esa tierra de Nadie, donde se acumulan las horas, los vacíos legales... Aunque volviendo a pensar en el tema, ahora me doy cuenta que dentro de seis meses, pasará justo lo contrario, se repetirá una hora en una noche de sábado a domingo. Bueno, hasta que llegue ese momento, tengo seis meses para pensar qué me sugiere la idea, y, quizás, en esa hora sobrante, escriba un artículo sobre ello.
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