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La economía de lo gratis, el Estado de lo no-gratis

por Ignacio Lirio, publicado el publicado el 19/02/2012 21:27:00

Una de las frases hechas al uso que más suelo oír por ahí en este tiempo es la de "estamos en una crisis de valores". A pesar de que en la inmensa mayoría de ocasiones, el que la pronuncia lo hace como una mera repetición del meme que escuchó en su día y le pareció una buena herramienta para opinar, no podría estar más de acuerdo. Sobre todo en su sentido más literal.

Me explico.

Por crisis de valores no me refiero a valores morales, si no al valor crematístico de los productos y los servicios. A día de hoy, ponerle un precio a las cosas nunca ha sido una tarea tan compleja y surrealista. Y en esta época tan convulsa, asistimos perplejos a fenómenos paradójicos al respecto.

Por un lado, y debido a la caída abrupta de ingresos del erario público, se están empezando a cobrar servicios públicos por los que no se cobraba en el pasado (donde aquí "pasado" hace referencia a la historia del Estado del Bienestar Actual). Así, se empezará a cobrar un "ticket sanitario" por el uso de la sanidad pública, una tasa por el uso de la Justicia, y los precios del transporte público aumentan varias veces por encima de la inflación. La táctica es relativamente sencilla: se empieza cobrando un importe simbólico, con cierta connotación didáctica. Una vez asimilado el pago de dichas tarifas, se inician las estrategias de aumento progresivo (y no lineal) de las mismas, tal y como sucede con los transportes públicos, hasta que se da como un hecho consumado un sistema de re-pago (alias "co-pago") de los servicios públicos básicos.

En resumen, cada vez más se invierte en rellenar cualquier servicio público de sofisticadas barreras tarifarias controladas por el poder político de turno que lo podrá utilizar como válvula de exprimir el seco bolsillo de la ciudadanía.

Nuestra generación anterior o nosotros mismos proyectados en el pasado reciente (5, 10, 15 años a lo sumo) alucinaría al ver cómo ahora se verá normal pagar, por ejemplo, 2 euros por ir al médico del seguro, 50 céntimos por el solo hecho de obtener una receta (de un medicamento genérico barato, claro está), de cómo el billete del metro se encarece un 38% de un año a otro (cuando no un 50%), de una gasolina a casi 2 euros el litro, de cómo siempre hay que pagar para acceder a museos de titularidad pública, e incluso una vez dentro del museo hay que re-pagar por acceder a según qué espacios, o que para recurrir una sentencia que se nos antoja injusta, hay que pagar por adelantado por el derecho mismo a recurrirla.

En el caso de que solamente estas circunstancias no fueran suficiente motivo de alucinación, ahora vendría la segunda parte de esta extraña crisis de valores. Me estoy refiriendo a lo que se viene en llamar la cultura del "todo gratis". Es un tema que levanta ampollas entre según que personas con la piel muy fina porque enseguida se dan por aludidos como piratas y se ofenden. El los últimos años… qué digo años, ¡incluso meses! se ha venido a consolidar todo un sector económico basado en la distribución de productos y servicios gratuitos. Concepto que, en sí mismo, haría rasgarse las vestiduras a cualquier economista de viejo cuño. Pero no, no es ninguna blasfemia económica.

Recientemente se han dado una serie de circunstancias que han moldeado una nueva generación de ciudadanos que han crecido acostumbrados a que determinados productos y servicios están disponibles de forma gratuita. Pregunten a día de hoy a un joven de 19, 20, 21 años… si alguna vez ha comprado un diario. O un CD de música. O un DVD de una película o actuación musical. Bien, ahora se me podría responder que esos mismos contenidos ahora se distribuyen en otros soportes, que los CDs, periódicos son algo obsoleto. De acuerdo. Traslademos entonces la pregunta de coordenadas y preguntémosle al joven en cuestión si está pagando la suscripción a algún diario o revista online, si es usuario de pago de Spotify, cuántas de las canciones de sus cantantes favoritos compra a través de iTunes o cuántos libros ha adquirido a través de Amazon. Por mencionar solo algunos ejemplos.

Los jóvenes se han apuntado de manera intrépida a un estilo de vida acostumbrado a no pagar un dinero por la obtención de determinados productos y servicios. Obviamente, y en el nuevo contexto de pobreza en que habitamos, este know-how se ha transmitido de hijos a padres y a abuelos, con lo que la comunidad de ciudadanos que están adquiriendo bienes, sobre todo culturales (que se pueden codificar en como información digital) a coste cero, se multiplica. Así, la música se escucha gratis a través de internet, las películas y series se descargan con máxima eficacia también a través de internet, se leen los últimos bestsellers en e-Readers electrónicos que previamente han sido obtenidos a través de un portal de descargas gratuitas (e ilegales, no olvidemos) que tiene todo el aspecto de una tienda oficial, con lo cual se aumenta la ambigüedad y la sensación de que no se está haciendo nada delictivo.

Luego también están los nuevos portales de venta colectiva que, si bien no ofrecen todo gratis, si revientan precios de espectáculos o restaurantes. Los mercados de segunda mano como eBay hacen el resto, junto con toda una serie de páginas web donde enseñan todo tipo de trucos, rozando la legalidad o transgrediéndola, para pagar menos o nada en absoluto por una multitud de bienes y servicios.

Ahí está la paradoja: lo que siempre fue gratis (lo público) se está empezando a tarificar y lo que siempre fue de pago (lo privado) está empezando a ser obtenido gratis. El Estado del Bienestar patas arriba, el Sistema al revés.

Aún hay más: se estima que el 5% de los usuarios de pago de los servicios online sostiene al otro 95% que goza gratis de una versión similar del mismo servicio. ¿No les suena esto a una especie de nuevo planteamiento del Sistema, donde una minoría de "nodos" sostiene a toda la red? Dejo sobre la mesa esta cuestión…

¿Cómo hemos llegado a esta situación tan exótica, que está dejando fuera de juego a muchas empresas de perfil clásico y por lo tanto provocando su cierre y la consiguiente oleada de despidos?

Por un lado, la historia de la crisis financiera no hace falta que la volvamos a repetir. A día de hoy es un mantra que está omnipresente en todo tipo de libros, blogs… y también en nuestras mentes. Con lo cual no voy a invertir ni una línea en explicar de nuevo el motivo del colapso de las arcas públicas.

Sin embargo, la asunción con absoluta normalidad de esta cultura del "todo gratis" tiene, en mi opinión, una serie de flecos perversos que están siendo y pueden ser en el futuro inmediato el origen de más paro. Y por lo tanto, de más pobreza. Me explico.

Internet ha traído así mismo una nueva especie de cultura del compartir, del trabajo colaborativo, del diálogo… lo algunos llaman "Democracia 2.0". En parte realmente esto ha sido así: algunos grandes proyectos culturales de nuestro presente, como podría ser la Wikipedia, son fruto de un trabajo colectivo coordinado. Al punto que, en la actualidad, la Wikipedia es la obra de consulta indiscutible, que ha dejado obsoleta en un tiempo récord y casi sin despeinarse a la mismísima Enciclopedia Britannica. Y claro, consultarla es gratis. Periódicamente los gestores de Wikipedia lanzan campañas de cuestación para financiar los costes de mantenimiento de la misma, para evitar su "privatización" y que el acceso a ese conocimiento universal se vea supeditado al patrocinio de los intereses de alguna empresa. Desconozco la efectividad de esas campañas. Yo al menos procuro aportar mi donación monetaria cada vez que Wikipedia la solicita, aunque sea modesta, ya que soy un usuario frecuente de esta enciclopedia online y entiendo, dentro de mi lógica y mi visión del mundo, que es justo que compense con mi dinero la obtención de dicho beneficio. Ahora bien, ¿cuánta gente, sobre todo gente joven, comparte esa misma visión?

Bajo el paraguas buenista de este discurso colaborativo, de que estamos en la era del compartir, del "conocimiento libre", se están cometiendo toda una serie de atropellos, disparates intelectuales y también delitos, que están contribuyendo de manera acelerada a destruir la economía. Así de claro. Como mencionaba en un artículo el periodista Albert Cuesta, El hecho de que algo sea técnicamente fácil y factible no significa que sea legal ni siquiera ético. El que un conocimiento se pueda codificar digitalmente y distribuir en masa con el simple esfuerzo de un solo "clic" no implica que el creador o creadores de ese conocimiento desaparezcan y dejen de comer, vestirse, o pagar un alquiler. El lanzarse como buitres a obtener una colección de ficheros informáticos y compartirlos libremente, ignorando sistemáticamente quiénes están detrás de la creación de dichos ficheros está, paradójicamente, bien visto por una sociedad 2.0 con alma depredadora y con más necesidad que nunca de artículos gratis… quizá para compensar la no-gratuidad de lo que siempre se dio por hecho y sin coste. En el reciente caso del cierre del portal de descargas Megaupload, esa "masa 2.0" saludó a su creador detenido como un héroe, un Robin Hood del S.XXI.

A modo de muestra y también de colmo de este nuevo paradigma económico y social, mencionaré el caso de un portal de libros electrónicos gratuitos, planteado en clave de red social colaborativa. Este portal se guarece en esos valores bien vistos y en que realmente existen portales parecidos que ofrecen libros electrónicos de manera altruista.

La diferencia entre esos otros portales y éste en cuestión es que mientras los primeros ofrecen obras que ya no están sujetas a derechos de autor (por lo tanto su distribución gratuita es perfectamente legal), el segundo ofrece libros comerciales, incluyendo los "Top 10" de ventas en las principales librerías del país, con lo cual están ejerciendo una actividad ilegal, amparada en servicios extranjeros de descarga de archivos, de manera similar al cancelado por las autoridades Megaupload.

Lo más chocante del caso es que en este portal de descargas de libros existe toda una infraestructura comunitaria de cooperación en añadir más libros, corregir sus errores, añadirles una portada, etc. Es decir, las labores que ejercen los profesionales del sector (diseñadores, maquetadores, redactores, correctores, editores, etc.) son ejercidas también por los miembros de esta comunidad. Toda una sociedad paralela, vamos. ¿A qué nos recuerda esto? Pues por ejemplo a una mafia que falsifique billetes, que funciona de manera ordenada como una empresa, con sus departamentos, empleados especializados en determinadas tareas, etc. Tal cual.

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Sin embargo, es una mafia con su establecimiento abierto al público 24 horas y donde los clientes potenciales no tienen que acudir a un callejón oscuro y decir una contraseña para acceder a él, si no que pueden disfrutar de esos productos cómodamente desde la calidez de sus hogares, de forma anónima. Y no solo eso si no que pueden, de la misma forma, implicarse en el proyecto y añadir material, enmiendas, opiniones… de tal modo que le dan una cobertura de supuesta legalidad pero sobre todo de bondad a todo el tinglado. Así, en caso de que la justicia se abalanzara con todo su peso sobre esta iniciativa, está claro quién gozaría de la simpatía del público.

En resumen, muchas personas que han invertido gran parte de su tiempo y esfuerzo en aprender una profesión se ven destinados al paro a cambio de que un grupito de gente espabilada hagan su negocio amparándose en cierto discurso, que no es otro que el de la falacia intelectual, de que lo bueno y lo moderno es compartir, colaborar, la cultura libre, bla bla bla, cuando lo que están haciendo es suplantar de manera fraudulenta un sistema que, por más obsoleto y lento de reflejos que nos parezca, está asentado en unos valores más sólidos y que garantizan una estabilidad social en promedio muy superior que el futuro incierto que provoca este nuevo sistema.

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Lo más inquietante de todo esto es que cada vez más gente, y ya de todas las edades, están comprando este discurso con entusiasmo. Habrá que esperar entonces que las mentes más creativas que trabajan en las salas de máquinas de la economía mundial inventen a toda prisa un nuevo sistema adaptado a estos nuevos discursos que permita que puedan seguir existiendo ciudadanos que puedan aprender una profesión y ejercerla compitiendo en buena lid. Cabe decir que estos modelos de negocio ya existen y en su mayoría están amparados en la inclusión de grandes dosis de publicidad. Es decir, los patrocinios de toda la vida. Quizá no sean el modelo más óptimo pero de momento es complicado entrever alguna alternativa sólida.

Me temo que, para ello, será necesario un esfuerzo educativo importante que redirija una generación desnortada a unos valores que defiendan de manera esta vez sí auténtica la colaboración y el esfuerzo y beneficio colectivos. O quizá tendrá que ser toda la sociedad la que compre esos valores de manera masiva y mande de golpe al garete una escala de valores éticos de siglos de antigüedad.

Si no, ¿qué nos espera? Es dificil pronosticar, claro, pero cada quien es libre de imaginar las hipótesis que más le gusten. A saber: si los servicios públicos pasan a ser de pago… ¿saldrán servicios alternativos online gratuitos? No resulta dificil imaginar farmacias online ilegales, incluso médicos online ilegales, etc. A cambio, tampoco me cuesta imaginar un futuro cercano donde, por ejemplo, ir al fútbol sea gratis a cambio de ir a un estadio con nombre de marca comercial, a ver equipos que representan a marcas comerciales y donde todo esté tapizado de publidad.

Parecen los ingredientes óptimos para el colapso, ¿no?

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