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Franz Bruhenfahl (Malta), sobre el artículo ":
"Interesante artículo, quizás muy resumido porque quiere tocar demasiados puntos en poco espacio. Una puntualización respecto a la entropía, y es que d..."

Vida después de la muerte III

por Jenny Fraser, publicado el

Siguiendo la estela de los artículos dedicados a la vida después de la muerte, añado una nueva reflexión relacionada con recientes conclusiones científicas en el campo de la física cuántica y la cosmología que viene a coincidir en algunos puntos básicos con teorías que ya en su tiempo y en otros términos se habían elaborado en campos tan aparentemente distantes como la filosofía, la mitología, la religión e incluso el arte o –en alguna medida- en las matemáticas. Haciendo un resumen y un compendio quizá algo arriesgado ( el interés del tema hace que merezca la pena asumir riesgos ) lo que dichas teorías vienen a plantear es lo siguiente: La muerte como tal sólo tiene sentido cuando la inscribimos en un contexto temporal, es decir la muerte es el final de la vida y “ocurre” después del nacimiento y tras un tiempo determinado de existencia, lo cual implica que sin tiempo tampoco hay muerte, la una depende del otro. Pues bien, según las conclusiones citadas el tiempo, como tal, no existe, o mejor dicho únicamente existe como percepción de nuestras consciencias pero para el universo el tiempo no es más que una de sus innumerables dimensiones. Ello se debe (siempre según las teorías mencionadas) a que el universo y todo lo que contiene es eterno, siempre ha existido y siempre existirá o dicho con mayor propiedad el universo simplemente ES, nótese como las trampas del lenguaje en sus formas verbales ya presuponen la existencia de un flujo temporal -. Lo que nosotros percibimos como el paso del tiempo, no son más que diferentes zonas de ese universo eterno que nuestros cerebros perciben como un flujo continuo, unidireccional e irreversible, pero ello es debido a como están fabricados nuestros organismos que, como todo lo que nos rodea, están sometidos a la llamada flecha del tiempo que simplemente es una constatación de la segunda ley de la termodinámica por la que toda la materia tiende a la entropía de una forma irreversible y unidireccional ( para entendernos es la misma ley que explica por que un vaso de vidrio se puede caer al suelo y romperse y mil pedazos pero no puede hacer lo contrario, o sea reconstruirse y subir intacto del suelo a la mesa de donde cayó) y es la que hace que podamos recordar el pasado pero no podamos “recordar” el futuro. A su vez el futuro que acaba convirtiéndose en presente no es más que el colapso de uno de los múltiples futuros posibles que se dan a cada instante, gráficamente el presente sería la brida que va fijando en hilo una malla deshilachada (ver ilustración). Algunas personas sometidas a los efectos de sustancias alucinógenas -como el LSD- o a través de la meditación han asegurado que han podido percibir el flujo del tiempo de formas alternativas o que incluso han llegado a “sentir” la naturaleza eterna y permanente de la existencia, de ser esto cierto se confirmaría el carácter ilusorio y mental del tiempo como tal. Por lo que atañe a la muerte, según lo comentado, ésta dejaría simplemente de existir, nosotros somos seres eternos que siempre hemos existido y siempre existiremos ocupando nuestra pequeña porción dentro del enorme tapiz universal. La extensión de nuestra vida tiene un tamaño limitado en el espacio temporal claro, pero al igual que a nadie le supone un problema que su estatura o su anchura no sea infinita tampoco debería suponer un problema dicha finitud en el ámbito temporal. Es cierto que este planteamiento no es de mucho consuelo a la hora de afrontar la perdida de un ser querido pero puede aliviar el dolor el pensar que en realidad esa persona no está muerta, sino que únicamente su espacio dentro de la dimensión temporal no coincide exactamente con el nuestro ( tampoco ninguna persona puede ocupar exactamente la misma posición espacial que nosotros mismos ). No obstante quedan todavía muchos cabos pendientes de atar como ¿y que ocurre con la reencarnación? o ¿Cómo se explican las ansias de eternidad, el sentimiento trágico de Unamuno?, ¿y las experiencias post-mortem?. Probablemente sea viable abordar todas estas cuestiones y buscar explicaciones mínimamente verosímiles, pero llama la atención el hecho de que la mayoría de estas preguntas y muchas otras relacionada con la muerte acaben haciendo referencia siempre , ya sea de forma directa o indirecta, a otra cuestión en la que durante esta serie de artículos hemos sugerido que se haya el origen del asunto. Se trata efectivamente del tema de la conciencia. Dedicado a Bert Schwitters.

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